Música:

Críticas

26/2/2015 Martín López López

Con ocasión de la Semana Cultural en el IES Juan Rubio Ortiz, dentro de los actos de celebración del  Día de Andalucía, se ha inaugurado en el mismo centro una exposición con las obras que el escultor y profesor Indalecio Pérez Entrena, granadino de nacimiento y macaelero de familia y trabajo, ha dedicado al tema del Minotauro en el Laberinto.  La inauguración ha contado con la presencia, entre los asistentes, de la Delegada Provincial de Educación de la Consejería, y del Alcalde de Macael  y miembros de la corporación municipal, entre otras personalidades.

Tras la presentación del acto por parte del Director del centro, Manuel Martínez Osorio, y unas palabras del escultor en torno a sus obras, alumnos y profesores del centro  han interpretado una pieza musical breve, relativa al tema de la exposición,  compuesta por Juan Cruz Guevara, natural de Macael y profesor del Conservatorio Superior de Música de Granada. También han participado  alumnos y profesores del centro, con la lectura en griego y latín de pasajes relativos al mito del Minotauro,  y la elaboración de una crítica del ciclo escultórico en el díptico que acompaña a la muestra.

Se trata de un ciclo compuesto por cuatro obras que representan, figurativamente, el trayecto vital del Minotauro (Nacimiento, Juventud, Plenitud y Muerte), más otras tres de factura geométrica que condensan  los aspectos simbólicos del laberinto que subyacen al mito clásico. Indalecio Pérez, con una dilatada trayectoria artística, pretende con su recreación del tema articular las dimensiones animal y espiritual del ser humano, exponer  el tejido de pasiones y libertad en que se cifra la tarea heroica de vivir. Desde la inconsciencia pasiva de la juventud ambiciosa, que a nada teme, hasta la ganancia final de una libertad consistente en la conciencia de los límites. También para el Minotauro llega la verdad al atardecer, y sucede para el mito y el arte lo mismo que para la filosofía (Hegel dixit).

…Martín López López

Filósofo

26/2/2015 Joaquín Aguirre López

Sin la entidad del yo y del mundo en el que estamos sumidos no hay reconocimiento del ser. Eso es lo que parece transmitir Asterión en la serie escultórica de Indalecio. El minotauro engendrado de una manipulada pasión a gusto de los dioses deja a un lado la imagen de antagonista forzado y se convierte en un actor, que nunca erguido, parece estar sumido a medio camino entre el deseo, la ensoñación y la incapacidad.
La tradición nos obliga a pensar que Asterión es una herramienta animal, el castigo a los humanos, la razón de ser del héroe... pero con estas esculturas se nos presenta algo que parece nuevo y diferente. El concepto de minotauro y laberinto aparentan ir unidos y lo corroboramos en ellas, aunque el reconocimiento de nuestro protagonista y de su realidad lo cambia todo.
Nacido de la sumisión de las pasiones va reflejando desde la  arrogancia y la inconsciencia juvenil los hilos invisibles que manipulan el devenir. Carente de ferocidad hasta asumir lo real y sumido en una existencia que sobrepasa sus fuerzas con el tiempo agotado, hace frente al laberinto, a sabiendas de su derrota. Todo esto anticipado con conscientes y escrupulosos caminos de múltiples quiebros y lances que tienen un mismo sentido.  
Como final, el frío estoque de la muerte revela dos cavidades unidas por la misma membrana. Así, la dualidad laberinto y minotauro, destino y pasión, se muestra como un mismo ser que vuelve a recuperar algo que es suyo.
            Con ojos de espectador poco paciente la identificación con el protagonista es directa, de forma consciente e inconsciente. Con ojos de Teseo, este Asterión no supondría alcanzar el estatus de héroe, sino de liberador. Con los ojos de Indalecio, es el reconocimiento de la vida misma y de que todas las pasiones que nos mueven son el principio, el fin y su sentido.
 
                                                                                                                                                              Joaquín Aguirre López. Filólogo.

2/9/2012 Martín López López

 

La materia y la conciencia: al hilo de la obra escultórica de Indalecio Pérez Entrena

 

Siendo un poco atrevidos, podemos considerar que en el conjunto de su obra escultórica –un trabajo en marcha-  gobiernan, por un lado, la geometría, por el otro, las pasiones. Esta dualidad, tensión dialéctica, se manifiesta al modo de una constante visible a través de las distintas series en que el artista "clasifica" su trabajo. Pero no sería justo decirlo así. Esto es, que no cabe encasillamiento de las obras: puesto que la convergencia o tensión de fuerzas, del orden y de lo ilimitado, humano e inhumano, resulta capaz de unificar, como en un nivel superior, los diferentes temas tratados. Existe un sentido detrás de la diversidad, y éste se muestra a poco que se mire. La cosa pugna por aparecer en la representación, y lo logra. Lo mismo da que estemos delante de personas, de mitos o de arquitecturas. O ante uno de los poderes elementales: el aire... el viento y su origen. Se le conoce, a éste, tradicionalmente, como espíritu. Esto es, una fuerza viva que a sí misma se contiene y se informa, una materia dinámica desgarrada entre el orden y el impulso. Salvación, sí; pero exigencia máxima.

 

Hay proceso, sí, en las obras de cada serie; y progreso, pero no hacia una meta estipulada; y si hubiera que fijar un final, éste consistiría en apertura, en un no-final, en la denegación de un límite como espacio acotado del sentido. O habrá que pensar que ese final consiste, más bien, en la conciencia adquirida, no feliz del todo, del desgarramiento o la finitud. Por ejemplo, en la serie sobre el Minotauro, lo que aparece por último es la verdad humana, la reflexión que queda más allá de la vida y el empeño salvaje, como el precipitado de una experiencia en la cual se cifra el existir. Observemos que la verdad no se obtiene desde fuera o con astucias, a través de técnicas o métodos al uso. Basta con la reducción a lo humano. No es una verdad exenta de libertad, al contrario. Pero es una liberación interior, la emancipación que da el saber.

 

Por otra parte, se puede apreciar de un modo inmejorable la presencia de una voluntad irreductible, de una espontánea naturaleza opuesta a cualquier artificio, en Eris, de la serie de obras sobre el viento (donde vemos como la línea geométrica se pone al servicio de la música, del sonido, como su materia más pura, pitagórica). Consideramos que la individualidad, ¿en qué otra cosa podemos pensar confrontados con la hoja verde fijada en dirección contraria a la de la fuerza inhumana?, se dobla, pero no se ve radicalmente doblegada, sino que se muestra capaz de gestos contra corriente. Un gesto de oposición, de libertad: lo es –sostenemos- la reflexión que acaba "dando razón", disolviendo tanto los monstruos exteriores como, básicamente, los interiores, los que al modo de un sueño de la sinrazón van falseando el destino, el proceso de desarrollo y, ¿por qué no?, la sustancia de que estamos hechos.

 

A propósito de esto mismo, en el laberinto (hay otra serie escultórica en curso) se contiene la más precisa definición de la naturaleza del ser humano, el símbolo más poderoso de una condición que no viene dada más que como arrojamiento y obligación. Que la ayuda viniera de fuera, de algún hilo o dios, implicaría que el momento de la libertad es innecesario y que, finalmente, la vida no se determina como proyecto sino  como método, camino trazado y disponible. Hay plenitud, sentido humano, a pesar de todo, podemos afirmar. Ahí están las series correspondientes (Torsos, Francescas) para manifestarlo.


Debemos remarcar el lugar de la materia en la obra del escultor. Una materia dinámica, en absoluto muerta, volcada a formas y órdenes con los que entrará en una tensión a veces inestable, nada armónica. En la serie sobre el Gótico asistimos, de una manera más notoria quizás que en resto, a esa copresencia de materia y forma humana, tanto en la disposición estructural de las edificaciones (lo mismo que hay construcciones pintadas a lo largo de la historia del arte, las puede haber trasplantadas al régimen figurativo de la escultura; hasta llegar a convertir la construcción en antropomorfismo) como en el juego mismo de materia y espacios vacíos (huecos, pasos de la luz) en el que se patentiza definitivamente lo geométrico. Finalmente, el ser humano que edifica las catedrales no hace más que adorarse a sí mismo, en esta magnífica –por verdadera- reducción de la obra a signo humano.

 

Martín López López.

 

Filósofo.

26/8/2012 Bárbara Martínez González

Indalecio Pérez Entrena, desde su infancia ya sentía un gran interés por el arte en todos sus ámbitos, destacando indudablemente en el campo escultórico.

A raíz de sus estudios en Bellas Artes ha seguido una trayectoria personal y diversificada, cuyas propuestas nunca suponen un camino finalizado, nunca un final marcado de su obra artística.

Escultor que es capaz de saltar de la perfecta figuración a la absoluta abstracción en su obra, ha creado un discurso artístico que siempre responde a una serie de cuestiones, planteamientos y experimentación estética y filosófica.

Su obra, compuesta por varias series independientes, “gótico, viento, mino, francescas, laberintos…” se basan en ideologías propias, propuestas personales que el  autor hace hacia el público. Importante esto, ya que su obra siempre gira alrededor de un eje de pensamiento, que le da el sentido a todas y cada una de las piezas que la conforman, de manera independiente y unitaria entre ellas.

Es interesante el carácter narrativo que tiene cada serie, en la que cada pieza interactúa con la anterior y posterior, contando una historia encerrada en cada milímetro de la piedra o el metal. Como pequeñas anécdotas, o como grandes pensamientos, cada serie tiene un significado propio y único, y cada una de ella sólo se comprende si se contempla en relación a las demás.

Así, destaca el carácter narrativo, consecutivo y romántico de la serie “Mino”, basada en las propias pasiones del ser humano, incapaz de controlar el mundo de su alrededor, siendo parte de él, sin poder desligarse del mismo. La propia historia del ser humano llevada con belleza a la materia física. Tiene una lectura cíclica y emocionante, que atrapa al espectador en los detalles, en las formas dinámicas, fuertes y potentes de la escultura.

Pero, lejos de cerrarse así el ciclo, se complementa con las esculturas de los laberintos, (erróneamente llamados raptos), que tienen toda la carga y significado del laberinto pasional y emocional que existe en la misma realidad humana, y que no sólo juega con las formas entrelazadas, sino que repite motivos matemáticamente calculados que se encuentran en las bases de las esculturas circundantes, poniendo en relación el conjunto, dándole una sensacional aura de unidad y comprensión.

No es sólo esta serie la que se caracteriza por el sentido narrativo, sino que la serie “Francesca” también lo hace, junto a una evolución de la forma y del contenido, que se traduce en una apertura e iluminación de la mente humana frente al mundo y frente al conocimiento. Planteado con una estética totalmente diferente, abstracta, con recuerdo del papel que se tuerce sobre sí mismo y crea formas humanas.

Indalecio Pérez Entrena no solamente propone su obra como un conjunto de series narrativas, sino que además experimenta en otros campos estéticos, jugando con la materia, explorando nuevas formas de representación. Destacan series como “viento, agua o gótico”.

Aquí entran en juego las formas, los vacíos, el contraste, la materia, las texturas, las luces y las sombras. Se trata de una búsqueda del espacio en la forma, y de la forma en el espacio, la representación de sensaciones  en materia rígida, de luces y colores en ondulaciones metálicas o en cubos pétreos. Cómo llevar una sensación a la materia, esa es su búsqueda en estas series, la representación de alegorías en la realidad física.

Su obra no se queda sólo en lo visible, en lo formal, sino que demuestra lo que hay más allá, es como una ventana abierta a la mente de un formado artista, una expresión visible, una historia palpable y una obra de arte sin duda.

 

Barbara Martínez González.

Historiadora del Arte.

21/6/2011 Andrés García Ibañez

INDALECIO PÉREZ ENTRENA.

 

Granadino de cuna y de sentimiento, Indalecio se vino a Macael por la vida, los amores y los designios del trabajo docente. Perteneciente a una familia de importante tradición artesanal dentro del empedrado y adoquinado clásicos, él ha marchado siempre –en cambio- por los caminos de la escultura, desde que cursara los estudios de Bellas Artes. Su mundo está en constante inquietud y metamorfosis; como creador ha renunciado a una sola línea de trabajo, escogiendo la difícil senda de la versatilidad y la sorpresa continua, dentro de una coherencia estilística y una inspiración recurrente en lo formal de moderno observador de lo clásico.

De la tierra del mármol ha aprovechado oportunidades y el medio pétreo cuando su lógica interna como creador se lo ha demandado, sin renunciar a su pasión por explorar las posibilidades expresivas de otros materiales, variados y radicalmente diferentes. Y lo que en un primer momento pudiera aparentar dispersión o falta de unidad y estilo, se transmuta en riqueza de registros tras un análisis más minucioso de su producción. En toda ella hay una adecuación –coherentísima- entre el tema y el material escogido para desarrollarlo, y entre la forma –condicionada por ambos- y la expresión resultante. Acero, hierro, madera, piedra…Ante obras como “las caras del viento” o las “Francescas”, la selección del material resulta clave para las intenciones del escultor; se diría que cada una de esas piezas solo tiene sentido en esa materia y en ninguna otra funcionaría tan bien. Y esta capacidad de pasar de una materia a otra, casi sin solución de continuidad, aprovechando las oportunidades que todas le brindan,  con resultados diferentes y logrados, es lo que más me fascina de su todavía corta e interesantísima producción.

En la elección de los temas –más o menos universales y escogidos para desarrollar la aventura puramente plástica, sintética y esencial, alejada de toda literatura o narración- es hijo de lo moderno y de las preocupaciones estéticas del extinto arte del siglo XX. Igual sucede con sus reflexiones –de las que está plagada su obra- sobre el arte del pasado, ya sea la estatuaria clásica o la gran arquitectura monumental, pensadas desde una mirada contemporánea. Su mundo discurre entre lo figurativo y lo abstracto, la curva y solidez arquitectónica, disociados o amasados en sugerente simbiosis; una extraña alquimia de armonías inexplicables. Sus torsos movidos o fragmentados y la serie consagrada a evocar lo gótico dan buena cuenta de ello. En esta última, especialmente, se cumplen sus mayores logros por ahora; con una búsqueda espacial propia de lo moderno sabe sugerir toda la fascinación y grandiosidad de una arquitectura creada –hace mucho tiempo- para los deslumbramientos.

 

Crítica realizada por Andrés García Ibañez

Publicada en Diario de Almería el 23 de junio de 2011

 


4/1/2011 Cayetano Anibal

CRÍTICAS Y OPINIONES.
 
En el taller - estudio de Indalecio las esculturas se hacen reconocibles como tales. Están ahí, tangibles, con formas donde se han congelado las emociones, son los signos nacidos de la necesidad del propio conocimiento marcando la impronta de un discurso creativo personal.
La fuerza de la escultura de Indalecio se patentiza en los límites formales en que se mueve su obra. Sus formas se elevan como helicoides o se prolongan desde sus propios núcleos; cascadas, giros y volutas en piedra o metal; ritmos que están en la escultura mediterránea y que también encontramos en las coordenadas indefinibles de la modernidad. 
Indalecio trabaja directamente  sobre el material es como un rito primigenio que marca las propias raíces de su realidad física. Se justifica desde su propio impulso, que encierra toda la belleza y toda la magia de hacer formalmente permanentes los sentimientos.
CAYETANO ANIBAL